La oscuridad de aquella noche era tan intensa y el frío tan penetrante que Limãry dudaba si de verdad seguía viva. Al exhalar, pequeñas nubes de vapor se formaban y se perdían al instante en el aire helado.
No sabía cuanto tiempo había estado esperándolo en ese lugar. Tampoco entendía el porque de aquella oscuridad tan densa y el frío tan cruel. Su ropa era ligera, pues momentos antes había estado sentada, tomando el Sol en aquella playa tan desierta, escuchando las olas del mar golpeando la suave arena. Una falda blanca que le llegaba hasta las rodillas y una blusa, del mismo color, eran lo único que protegían su piel de aquel clima tan extraño.
De pie, recargada en un poste de madera, esperaba, escrutando las estrellas que se veían tan claramente, cual luciérnagas en un pantano.
- ¿Dónde estás?
Ella le prometió que lo esperaría, y él le dio su palabra de verla ahí. ¿Por qué no había llegado? Por su mente pasaron muchas cosas.
- ¿Y si tuvo un accidente?
Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío le recorrió la espalda. Su preocupación aumentó. No podía haber otro motivo que le hiciera faltar.
Limãry no podía mas, tenía que ir a buscarlo.
Se separó del poste y caminó hacia la ciudad. Mientras caminaba, la luz del amanecer pintó el cielo de un color suave, una mezcla de azul claro con rosa, las estrellas se fueron apagando una a una. El frío ya no era tan intenso, pero aún estaba presente, recorría su piel a cada paso que daba. La ciudad aún dormía, pero se podían ver algunas personas caminando en las aceras, preparándose para lo que sería un día más de trabajo.
Caminó y llegó a la casa de él sin ningún contratiempo. El Sol ya se había levantado y su calor recorría las calles, hasta llegar a ella.
Limãry tocó a la puerta varias veces sin obtener respuesta. Extrañada, intentó abrirla. No tenía seguro, a pesar de que al parecer no había nadie en casa. Entró y cerró la puerta, observó la estancia. Todo estaba limpio y en su lugar. En la sala había un par de juguetes tirados, en la cocina alguien había dejado una olla con agua en la estufa, y verduras a medio picar en una tabla.
- ¿Dónde están?
Limãry caminó en dirección a lo que creía, era la recámara de Joaşūŕet. La puerta estaba entreabierta, el cuarto, vacío. Al entrar, Limãry se percató de que la computadora estaba prendida. Una imagen que le pareció familiar le llamó la atención. No pudo contenerse y se acercó. Lo que vería sería lo último que Joaşūŕet había estado leyendo antes de irse.
Se hizo el silencio. Limãry podía sentir su corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Estaba leyendo un mensaje. Un mensaje escrito por una mujer.
- Perdóname por no haberte sido sincera desde el principio. La verdad es que no tenía el valor para decirte lo mucho que representas para mí. Te amo Joaşūŕet.
Limãry sintió que la sangre se le helaba. Algo parecido a un mareo la obligó a sentarse en la silla del escritorio.
- Tuve que contenerme mucho debido a mi situación, pero ya no puedo, ya no quiero. Te necesito, y yo sé que tú también me necesitas. Sé que me quieres tanto como yo a ti.
Nada tenía sentido. Leyó el texto una y otra vez, intentando encontrarle un significado diferente a las palabras. No lo logró.
- Necesito verte, decirte todo esto que siento. Ven, te estaré esperando...
Limãry reconoció la dirección. Lo había citado para ese momento. ¿Estaría con ella?
Lágrimas contenidas le quemaban los ojos. Pero no podía llorar. No era el momento.
Se levantó de la silla lentamente, intentando calmarse. Dio media vuelta y se dirigió a la puerta principal de la casa. Ya no había razón para quedarse ahí.
Al salir sintió el calor del Sol. Ya estaba avanzada la mañana, se sentía en el aire. Comenzó a correr, corrió hasta llegar al lugar de la cita: un parque tan sorprendentemente parecido al de aquel pueblito remoto donde creció, que por un momento Limãry pensó que se había equivocado de lugar. Los árboles eran de troncos gruesos con sus bases pintadas de blanco, y con ramas altas y fuertes llenas de hojas que cumplían muy bien su función de detener el calor del Sol. Había algunas bancas de madera y asientos de concreto que rodeaban los árboles. Un par de palomas caminaban, picoteando lo que fuera que se encontraran en el suelo. Caminó un poco más, prestando atención a cada detalle que la hacía recordar el pasado.
Y entonces los vio.
Ambos estaban sentados en uno de los asientos. Léâņ, con las piernas cruzadas, le platicaba algo a Joaşūŕet, quien no paraba de sonreírle. Hablaban de algo que a ella parecía emocionarle, pues reía, jugaba con su cabello y hacia movimientos con sus manos y su cuerpo. Se veía alegre.
Limãry se acercó a un árbol justo frente a ellos que la escondía de su vista. Justo en ese momento, un paletero cruzó el parque, y Joaşūŕet se levantó a comprarle dos paletas, ambas de fresa. Le llevó la paleta a ella, y siguieron ensimismados en la plática. Cada vez que ambos reían Limãry sentía que su sangre corría más lentamente; un dolor en el pecho que no había sentido hacia mucho tiempo quería dominarla. Pero no podía dejarse vencer por eso, no había motivos. Cerro los ojos con fuerza, reprimiendo una vez más las lágrimas.
- No pasa nada.
Los escuchaba a lo lejos. Una brisa suave comenzó a jugar con sus cabellos. Sentía el palpitar de su corazón, tan lento, acompasado a su respiración. Sus manos estaban frías, al igual que sus pies. Y de repente hubo silencio.
Limãry presentía lo que vería. Aún así, abrió los ojos.
Joaşūŕet la tomaba de las manos. Sus cuerpos se fueron acercando lentamente. Sostenían sus miradas con intensidad, hasta que cerraron los ojos, y sus labios se encontraron. Fue un beso lento, que a Limãry le pareció que duró una eternidad. Las manos de Joaşūŕet recorrieron el rostro de ella, acarició su cabello, la tomó de los hombros y la atrajo hacia él.
Limãry se sentía desfallecer. Los músculos de sus piernas le fallaban, no podía seguir en pie. Se volvió de espaldas a ellos, y apoyando su cuerpo en el árbol, fue dejándose caer lentamente.
Ya no podía contener el dolor del pecho. Algo dentro de ella se quebró, como una vasija de vidrio al caer y romperse en mil pedazos. Lágrimas comenzaron a caer.
Y entonces todo se sumió en la oscuridad.
†ЄŊÏĜM†